“Y justo cuando la oruga pensó que era su final, se transformó en mariposa”

Diciembre del 2014:

Ya solo éramos una sombra de lo que fuimos. ¿Qué nos había pasado? No lo sabía a ciencia cierta, habían habido muchos indicios en todos estos años, pero nada que nos hiciera renunciar, nada por lo que preocuparse de verdad, éramos felices con nuestra vida tranquila, y poco a poco fuimos marchitándonos hasta llegar a este letargo. Un día desperté y me di cuenta que a los treinta y dos años no puedes renunciar a la vida, tienes que salir y conocer mundo, reír y vivir.

Ahora nos cruzábamos por el piso sin mirarnos a los ojos, sin sentir alegría, cada uno con su pensamiento. ¿Cuáles serían los suyos? Siempre me lo había preguntado y solo me había dejado acercarme pero sin profundizar, era una persona muy reservada y eso me mataba. ¿Sentiría él pena por lo que nos pasaba?, ¿O tendría miedo? Quizás solo esperaba a que yo me cansara para no tener que decidir. Decidir no era lo suyo.

Nos pasábamos el día cada uno a sus tareas, con una fría cordialidad que cortaba el aire y que me desgarraba el alma. Hasta hacía unos meses no era así, teníamos nuestros problemas pero nos mirábamos a los ojos y nos sonreíamos, no solo con la boca, era una sonrisa de verdad.

Lo cierto es que no podía culparle, yo también había puesto de mi parte para que la situación, lejos de mejorar, empeorase, al menos él lo había intentado, claro está, a su manera, dejando de lado los problemas y sin volver a mencionarlos. No podía con esta guerra fría, yo hubiera querido resolver nuestros problemas como todas las parejas, que en el fragor de la batalla nos mirásemos de repente con pasión contenida y hacer el amor en el suelo de la cocina hasta olvidar el motivo de la discusión, decirnos cuánto nos amamos y reírnos de lo absurdo de estar enfadados. Pero él era muy distinto a mí, ya no sentía pasión por nada y lo notaba en cada pequeño acto, ya no se preocupaba por pequeñeces, ni se planteaba nada más allá de la cena. Era frío y no había nada que yo pudiera hacer por cambiar eso.

Hacía un mes que se había abierto la caja de pandora. Nos dijimos cosas que no puedo borrar de mi mente, tan sinceras, que aún siendo horrible escucharlas no pude dejar de sentir que era la primera vez en años que nos sincerábamos. Decidimos dejar nuestra relación en punto muerto, igual no nos gustábamos tanto como creíamos. Ya solo nos quedaba atrevernos a dar el paso, pues sabíamos que algo se había roto y ni todas las disculpas del mundo podrían enmendarlo. Me sentía desolada, vacía, había fracasado de nuevo y a mi mente acudía una frase de una canción de Fito: “…este mar cada vez guarda más barcos hundidos…” una buena amiga una vez me dijo que esta frase le recordaba a mis infructuosas relaciones, la maldije por dentro, pero era tan cierto que solo pude poner los ojos en blanco y reírme por la ocurrencia.

Con el paso de los días me sacudí la tristeza y pensé que en cada derrota existe una oportunidad y que la vida es demasiado corta, demasiado valiosa para malgastar los días llorando, y resucité.

En medio de esta tormenta de sentimientos, una noche salí con mis amigas, estaba enfadada, sobretodo conmigo misma, por aquello del fracaso, y no hay nada que entrañe más peligro que una salida nocturna cuando estás tan cabreada. Aún recuerdo lo que sentí al entrar en aquel bar, me sentía fabulosa, vestido ceñido negro y taconazo, al verme salir de casa casi le provoqué un infarto a mi todavía novio, o lo que fuera que fuésemos en aquel momento. Encontré a mi mejor amiga hablando con el chico más guapo que había visto en mucho tiempo, me acerqué obviamente, pues siento debilidad por los guapos. Me lo presentó y esos dos besos tan cerca de mi boca hicieron que me derritiera. Durante la noche no se puede decir que me portara bien, nos buscábamos con la mirada, saltaban chispas cada vez que nos hablábamos al oído, estuvimos toda la noche hablando y riendo, muy juntos, tan juntos que hubo un momento en que estaba sentada encima de él mientras acariciaba mi espalda. Al ir al baño nos encontramos en un estrecho pasillo y sentimos la tensión del primer beso, se precipitó para tocar mis labios pero le frené poniendo mi mano en su pecho.

Cuando llegué a casa me sentí pletórica, llena de vida, veía el mundo con mis ojos de nuevo, no los de la novia, la hija o la amante, los míos, los de antes. Había vuelto a la ciudad, y ésta ya podía temblar. Por primera vez en mucho tiempo pensaba en mí, y me sentí libre y deseosa de descubrir que nuevas aventuras me deparaban. Recuerdo como durante días mi mano derecha hormigueaba con el recuerdo del tacto de su pecho, me había vuelto loca y ni siquiera me importaba. Se llamaba Raúl y era un camarero de veinticuatro años con fama de rompebragas, pero nada de eso iba a detenerme porque aquel chico me había devuelto a la vida y ya no había vuelta atrás.